Una foto de un oso andino llevó a Santiago Monroy a Londres y puso sobre la mesa una idea incómoda: conservar también puede ser rentable.
Cuando Santiago Monroy recogió su cámara trampa en la Reserva Ecopalacio, a 30 kilómetros de Bogotá, el equipo estaba volcado. Un oso joven había pasado y, curioso, tumbó la cámara de un manotazo. “Dije: bueno, pasaron los osos”, recuerda el biólogo de 28 años. Lo que no sabía es que, antes del incidente, había capturado una de las 100 mejores fotografías de naturaleza del mundo.
La imagen mostraba un oso andino saliendo de las sombras del bosque, con gotas de lluvia que creaban una bruma casi pictórica. La foto era simplemente poderosa, íntima, imposible. Tan extraordinaria, que le valió el reconocimiento ‘Highly Commended’ en el Wildlife Photographer of the Year del Museo de Historia Natural de Londres, la competencia de fotografía de naturaleza más prestigiosa del mundo.
El proceso detrás de la imagen tardó más de un mes. La primera vez que Monroy instaló la cámara trampa, duró 15 días en el bosque. Las pilas de los flashes murieron antes de que pasara el animal y cuando finalmente pasó, la foto salió negra, prácticamente irrecuperable. Pero en esa imagen oscura, apenas rescatable en postproducción, descubrió algo crucial: el camino que estaba usando el oso no era para bajar de la montaña, sino para subirla.

“Ahí entendí por dónde se movía”, recuerda.
Reubicó la cámara. Esperó. Y cuando revisó el archivo después del incidente, encontró que en el momento exacto en que el oso pasó frente al lente, había llovido intensamente. “Fue como si la naturaleza interviniera la imagen”, dice. De toda la secuencia de fotos tomadas automáticamente por la cámara, solo una quedó perfecta.
Hoy, la fotografía está expuesta en Londres hasta julio de 2026 y recorrerá 30 países en cuatro continentes. Entre más de 60.000 participantes, un colombiano logró posicionar una imagen que combina rigor científico, sensibilidad artística y algo menos común: un modelo de trabajo distinto para hacer conservación en el país.
La economía de la conservación
Contrario a lo que podría pensarse, la foto no fue suerte. Lo que distingue a Monroy de otros fotógrafos de naturaleza no es solo su técnica, sino su modelo de trabajo. Antes de instalar una cámara, convive con las comunidades locales, aprende de ellos y, más importante, reconoce el valor económico de su conocimiento.
“No me parece ético llegar a un territorio, sacar información, sacar imágenes y no dejar nada a cambio”, explica. “Hay dinámicas en la fotografía y la ciencia que siguen siendo muy coloniales”.
Ecopalacio es una reserva natural de la sociedad civil, parte del Sistema Nacional de Áreas Protegidas. Una iniciativa familiar que cambió la ganadería no por filantropía, sino porque descubrieron que la conservación podía ser igual o hasta más rentable: las universidades llevan estudiantes, investigadores pagan por acceso, la tienda vende cerveza, las mulas transportan equipos y la economía local se activa.
Y esa es la tesis que Monroy ha construido durante años de trabajo de campo: para que la conservación funcione en Colombia, tiene que ser económicamente viable para quienes habitan los territorios.
Ha visto cazadores convertirse en guías turísticos y pescadores que dejaron de sacar aletas de tiburón porque los tiburones vivos atraen turistas que pagan más. “Si se les dan otras alternativas económicas, esas prácticas van a cambiar”, asegura.
El problema, dice, son los incentivos. “¿Por qué un bosque conservado paga el mismo predial que una finca ganadera?” Para Monroy, hacen falta beneficios fiscales, inversión en corredores biológicos y un cambio cultural que entienda que un bosque en pie puede generar más valor que uno talado.
El oso andino, protagonista de su foto, es un caso emblemático de estas contradicciones. Es el único oso de Suramérica, dispersor de semillas y pieza clave del ecosistema, pero está en peligro de extinción. Según Parques Nacionales, en Colombia quedan entre 2.000 y 5.100 individuos. En Chingaza, cerca de Bogotá, apenas entre 50 y 128. La amenaza es doble: deforestación y conflicto con ganaderos. Los osos, carroñeros por naturaleza, a veces se acercan cuando nace un becerro, atraídos por el olor de la placenta. Muchos ganaderos los ven como una amenaza y los cazan.
“Hay que cambiar la forma en que se ve al animal”, dice Monroy. “Que sea motivo de orgullo”.
Después de que el museo publicó la foto, notó algo distinto: osos andinos inundando redes sociales, fundaciones activando campañas, más fotógrafos documentando la especie. Para él, ese es el verdadero impacto. Más que el premio. Más que Londres.
El Plan: África y Colombia
Monroy piensa en grande. Quiere crear una red de proyectos ecoturísticos comunitarios en Colombia y otros lugares. “Llevar personas de Colombia a África, a Papúa Nueva Guinea, a lugares remotos, pero no como turistas. Diseñar experiencias donde las comunidades sean las principales beneficiarias.”
Ya tiene experiencia en esto. Fue el biólogo detrás del proyecto Himno Nacional de Colombia interpretado por su biodiversidad, presentado en la COP16 en Cali. Recorrió el país grabando 87 especies de aves para recrear el himno. El video se volvió viral, pero su logro fue otro: conectar a personas urbanas, alejadas de los bosques, con la biodiversidad. Ese es su público objetivo. Ni los biólogos ni los ambientalistas; si no, la gente de la ciudad que no sabe que en los cerros orientales de Bogotá hay osos andinos. Los empresarios que nunca han visto un páramo y los inversionistas que siguen creyendo que la biodiversidad es un costo, no un activo.
“Espero que las personas que tienen la oportunidad de invertir en proyectos empiecen a observar la verdadera riqueza de Colombia. No desde un punto de vista extractivista, sino colaborativo”.
Es una invitación, o quizás un desafío. A empresarios, a inversionistas, a cualquiera que crea que la conservación es un gasto y no una oportunidad. Monroy está demostrando lo contrario. Y tiene las fotos para probarlo. Ahora, con un premio internacional y un modelo replicable, la pregunta ya no es si en Colombia se puede hacer negocio conservando; si no, quién se atreverá a invertir primero.
By Luisa Triana










